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"El dinero se hace con esfuerzo"El
Comercio, 30 de noviembre de 2004 Ella
no ha leído a Chopra ni a Og Mandino. No pasó de quinto de primaria. No tiene
'personal trainer' que la mentalice. Su mandil está salpicado de sangre de
pollo. Toda ella está cubierta de coraje. Fue así que creció hasta tener un
puesto en el Mercado Central del Callao. Fue así que llegó a ser finalista en
el último Premio a la Mujer Microempresaria. ¿Cómo
era Norma Verástegui hace 25 años? ¿Qué tenía? Antes
de que empezara mi pequeño negocio mi historia era triste. Los medios económicos
eran casi nulos y mi esposo no tenía trabajo. Teníamos cuatro hijos. Yo tendría
25 años. Él solo conseguía trabajos eventuales, hasta que encontró uno de
albañil que, cuando terminó, le pagaron unos cinco soles por sus servicios. Yo
había ido con él a cobrar. Para entonces, yo ya pensaba en poner un negocio, y
a mí me gustaba el de los pollos. ¿Por
qué le gustaba? Porque
tuve un sueño. ¡Un
sueño! Sí,
uno muy gracioso... Yo pensaba: ¿Qué negocio pongo? ¿En qué trabajo? Siempre
había mirado los puestos de pollos, ¡yo quería vender pollos! Y por las
noches empecé a soñar: me comencé a ver en un lugar lleno de pollos, con un
montón de plumas volando por el aire... No
será hincha de la 'U', ¿no? (Ríe)
Y cuando me desperté, ahí fue que dije: Voy a vender pollos. ¿Hace
cuánto de eso? Más
de 20 años. Yo me acuerdo que, cuando mi esposo cobró su plata, me dijo: Vamos
al chifa. Yo le dije que no. ¿Por qué? Porque esos cinco soles me van a servir
para trabajarlos. ¿Pero en qué? Voy a vender pollos. Vas a perder. Yo sé que
no; y bueno, fue por insistencia mía que al otro día nos fuimos a comprar
pollo. Con
cinco soles. Fuimos
y compramos. Lo pelamos, y bueno, para venderlo, la primera vez uno no vende. Se
me quedaba la mercadería, pero yo fui insistente. ¿Qué
hacía? Lo
remataba. Mientras, mi esposo se seguía 'cachueleando'; y así fue. Hasta
que agarró cancha. Sí,
pero cuando comenzamos yo vendía en la calle, con una mesita, con mi piedra de
chancar ajos, mi cuchillo y mi tablita de picar. Esas fueron mis herramientas, y
mi esposo pelaba el pollo. ¿Cómo lo pelaba? Como no teníamos nada, agarró un
par de cajas -esas que son para las frutas-, recogió un plástico de la basura,
lo lavamos bien, lo puso sobre las cajas y ahí pelaba el pollo. Así empezamos,
gracias a mi inteligencia y a la habilidad de mi esposo; y gracias a Dios, vendía.
¿Dónde?
En
Colón (en el centro del Callao), en la cuadra 7 (a una cuadra de donde hoy
tiene su puesto). En ese tiempo se permitía la venta ambulatoria. Así
comenzó a hacer su capital. Poco
a poco fui juntando mi platita. Pero mientras, tenía que cocinar en la calle;
porque yo tenía cuatro hijos y no podía pagarles una pensión. Comíamos en la
vía pública. Luego me alquilaron un lugar para pelar mis pollos. Eso
fue dentro de un garaje. Sí,
en Bellavista. Me tenía que levantar a las cuatro de la mañana. Mi esposo se
iba a 'cachuelear' al muelle porque la plata no alcanzaba. Yo pelaba mis pollos
con mi hijito mayor. Para entonces ya me había comprado mi triciclo. ¿Cómo
hizo? ¿Acudió al banco? No,
no. Para ahorrar no comía pollo... Sí, yo vendía pollo, pero no comía pollo.
¿Qué
comía? La
cabeza, las tripas. Esa era la única forma de ahorrar. Así pude comprar mi
triciclo, y yo lo manejaba. Para entonces ya habían pasado como cinco años
desde que había empezado... en 1985, creo. ¿En
cuánto tiempo pasó de la calle al garaje? Al
año, y no era todo un garaje, era un espacio pequeño. Yo tendría 26 años,
era full pilas. ¿Terminó
la secundaria? No,
yo me quedé en quinto de primaria, pero hasta ahorita no se me quita la lucidez
para el negocio. ¿En
qué momento da el gran salto: compra un puesto en el Mercado Central del
Callao? Se
me presentó la oportunidad cuando había otra moneda. Los
intis. Intis
eran. No me acuerdo qué valor tendrían, tres mil o tres millones, pero yo pagué
con tres billetes verdes. Y me vine (al Mercado Central), porque además pensaba
que algún día nos podían botar. ¿Y qué íbamos a hacer en la calle? En
cambio, ahora, con mi puestecito, malo o bueno, aquí estoy. ¿Se
ve con sus antiguos colegas de la cuadra 7 de Colón? Claro.
Algunos han podido colocarse, otros siguen en la calle. Bueno,
y ahora sus hermanas, toda la familia ha seguido su ejemplo, todos se dedican al
negocio de los pollos. Sí,
la mayoría. Mi hijo, mi hermana, como me vieron a mí, me siguieron (ríe). ¿Su
hijo también tiene puesto propio? No,
él todavía alquila. Todo dependerá de que sea persistente en el negocio. Imagino
que ya han dejado de comer cabezas y menudencias. No,
pues, ahora ya no; ahora las cosas han cambiado (ríe). Ahora ya podemos comer
mejor. Si
su historia es tan interesante, ¿por qué cree que no ganó el Premio a la
Mujer Microempresaria? Porque
hay muchas diferencias. La persona que ganó ha hecho una empresa más grande,
da trabajo a más personas. Ese es un factor importante, por eso ganó. ¿Y
ha vuelto a soñar? No,
ya no. Pero yo me conformo, porque al menos ya no pasamos lo que hemos padecido
años atrás. Pero
usted no es una conformista, ¡fíjese lo que ha logrado! Sí,
lo que pasa es que yo hubiera podido haber logrado mucho más, pero tuve muchos
hijos. Ahora ya son cinco, tengo que darles estudio, y eso es bien costoso. El
futuro -el presente- que le ha dado a ellos es muy diferente al que usted tuvo. Sí,
pues, mis hijos son negociantes, no me puedo quejar; mi hija ya es contadora.
Ellos están bien, por eso les digo: Uno puede progresar, todo depende del empeño;
no hay que truncarse a la primera caída. Yo he tenido muchas: hace años mi
cocina explotó, mi hijo se quemó y tuve que gastar todo lo que tenía para
salvarlo. Me quedé casi en la ruina. También me caí cuando puse mi platita en
CLAE (ríe), pero qué le vamos a hacer: el dinero se hace con esfuerzo; pero
claro: yo hubiera tenido mucho más. |
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